Suena el despertador y decides esperar a que vuelva a hacerlo. No tienes fuerza para abrir los ojos. Ni ganas. Ni razones.
Cuando ha pasado una hora con esa musiquilla desagradable y aborrecible que se suelen poner a las alarmas de los móviles disturbando tu letargo cada 8 minutos te convences de que ya es hora de levantarte.
Son las 12:00.
Buscas algo de música que te apetezca escuchar. Difícil elección. Tienes todo tan oído que las primeras notas de cada canción te aborrecen y cambias frenéticamente de disco sin encontrar nada. Al final… Sabina, es de los pocos que nunca cansa.
Te tiras de nuevo en la cama. Esos minutos desde que dices que te levantas hasta que finalmente lo haces saben a gloria. Con la persiana entreabierta, música tranquilita y notando como cada una de las partes de tu cuerpo se estiran poco a poco. Todos los músculos relajados… ya iré a clase otro día.
Uno mas uno menos… acabas sin tener remordimientos.
“¡Qué dulce es una cama regalada!
¡Qué necio, el que madruga con la aurora,
aunque las musas digan que enamora
oír cantar un ave la alborada!
¡Oh, qué lindo en poltrona dilatada
reposar una hora, y otra hora!
Comer, holgar..., ¡Qué vida encantadora,
sin ser de nadie y sin pensar en nada!
¡Salve, oh Pereza! En tu macizo templo
ya, tendido a la larga, me acomodo.
De tus graves alumnos el ejemplo
me arrastra bostezando; y, de tal modo
tu estúpida modorra a entrarme empieza,
que no acabo el soneto... de per...”
Saludos pa' tol que veo.